Tal vez ya no somos aquellos niños que esperaban emocionados la llegada del circo a la ciudad. Quizá han pasado muchos años desde la última vez que nos sentamos frente a una pista, mirando hacia arriba con los ojos abiertos de asombro. Pero hay emociones que el tiempo simplemente no consigue borrar.
Este jueves, el Circo Atayde llegó al Teatro de la Paz para recordarnos precisamente eso: que nunca se es demasiado grande para volver a maravillarse.
Esta vez no hubo una enorme carpa como aquellas que aparecían de pronto en algún terreno de la ciudad, anunciando días de ilusión. El escenario fue distinto: uno de los recintos más emblemáticos de San Luis Potosí, donde la tradición circense encontró una nueva manera de contar su historia.
Acrobacias, malabarismo, actos aéreos y comedia forman parte de una propuesta que conserva la esencia de un espectáculo que ha acompañado a distintas generaciones de familias mexicanas.
Porque el circo nunca ha sido solamente un espectáculo. Para muchos fue una de las primeras experiencias de asombro, una salida especial con nuestros padres o abuelos, una tarde que parecía interminable y que, sin saberlo, terminaría convertida en un recuerdo para toda la vida. Y quizá ahí está su verdadera magia.
En hacernos olvidar por un momento las preocupaciones, las prisas y las responsabilidades. En permitirnos mirar nuevamente con aquellos ojos de niño que se emocionaban con lo más sencillo y creían que lo extraordinario podía suceder frente a ellos.
La visita del Circo Atayde también coincide con una fecha especial para la cultura potosina: el aniversario del Teatro de la Paz, celebrado apenas el 4 de noviembre. Dos historias que, desde escenarios distintos, han dedicado generaciones enteras a despertar emociones entre el público.
Hoy el circo ha cambiado. Las carpas ya no son indispensables, los escenarios se transforman y las nuevas generaciones descubren el espectáculo de maneras diferentes. Pero algo permanece intacto: esa capacidad de provocar una sonrisa, un aplauso espontáneo o una mirada de sorpresa.
Porque quizá crecer sea inevitable, pero dejar de sentirnos niños no tendría por qué serlo.
Y a veces basta con que se apaguen las luces, comience la función y aparezca un poco de magia para recordar que aquel niño que alguna vez fuimos todavía sigue ahí, esperando volver al circo.
